Esta es una pequeña selección de cuentos cortos que escribí hace algunos años...

Escribir

La idea de escribir nació de la noche, apenas comenzaba. Los extremos de las ideas se unían con el punto del lapicero y la hoja vacía. Mis labios no se movían, tan solo mi mano y mis pensamientos que corrían por las venas, arterias animadas, aterradas.

Algo se iba creando, formando, y con el pasar de los párrafos aquella prosa en verso tomaba vida del intelecto de su autor. Las palabras pesaban y se hacían más grandes al saltar de las páginas. Llegó un momento en el que la mezcla era real y confusa, ya no distinguía manos o letras. El escrito me absorbía. No podía detenerme, quería hacerlo pero era imposible, seguía escribiendo.

Sentía como por mi brazo corría cada deseo, cada vesanía imaginada, las lágrimas guardadas en recuerdo y las huellas de unos besos. Salieron los secretos de mi alma y el plumaje del cerebro. Hasta el cordón de plata resonó la ausencia: me perdía. Luego se desprendieron los órganos, hinchaban mi brazo, por debajo de las uñas se derramaba la sangre, manchando el papel y mi piel, la poca piel que quedaba de mis dedos.

Y me contextualizé allí dentro, yo mismo me escribía y, sin quererlo, cometí suicidio literario. El lapicero cayó, pues no había mano que lo agarrara: rodó por la mesa y tocó el suelo.

Y en esta vida de texto sólo espero que alguien abra el libro para contar mi historia... mi pretexto.


Edipo en la playa

Silencio. Las luces blancas iluminan el océano en llamas... ¿en llamas? No, no es cierto, ese fuego se me escapó. Lo haré de nuevo: las luces blancas iluminan el océano... céano. Es todo lo que puedo decir, bueno, casi todo. Me explico (empezaré con una pregunta), ¿Puedo describir la totalidad de lo físico con la infinidad de palabras combinadas y para lo abstracto usar sólo sinónimos? Debo, necesito, decir lo que percibo (no veo, percibo). Es de noche, muy de noche y en la playa negra por la ausencia de luz me desquicio con las estrellas manchantes del cielo. Describir entonces lo que no veo, pues, en contraste con la silueta de mis extremidades, el camino adelante está reservado para la imaginación. Las olas chocan como desmayo del viento, saliva marina. Y baja por el centro un canto de sirenas, el centro de la tierra, mi corazón marchito. El romance idílico de los peñascos y la marea esclava rompe la continuidad del diálogo entre hojas y viento: verde entenebrecido que vibra y se desprende. El discreto resplandor de un planeta sin nombre me trae el rumor de un cometa consumido... ¡bah! Algo imposible. Pero eso escucho.

Y lloro con la lejanía del pasado, adelantándome un poco para oler, esperar y aspirar. Las algas van y vienen con la corriente profunda, la sal vuela, se adhiere a mi pecho: un grito de cristal y de años ha de preservar mi carne. Más cerca, un coco -invisible- roto, que vuelve a la arena, reune los improntas de algunos ojos, de algunos moscos. Al parecer, la brisa no ha logrado arrancar del suelo ni el bronceador perfumado ni el chicle mascado. Eso es lo que huelo.

Ahora las estrellas han cambiado de lugar y pruebo el sabor de mi soledad. Miro lo que no puedo ver y encuentro una isla en el horizonte, creo el amanecer con mis memorias. Grito luego con el alma y un relámpago disipa mis dudas. Sitio, canto, río, lloro. Una ola ha tocado mis pies desnudos. Dejo que me moje, me abrace, hasta consumirme en quimeras. Pronto estoy sentado en el mar y vierto mi alma para confundirme con el agua. Todo es aún más oscuro al tragar la húmeda sal.

Un olor a pescado (sólo eso) me ha despertado. Mis ojos reciben de nuevo, con agrado, la visión antes velada, cuando pasa -antes que el sol- un pescador de redes llenas. "Buen día", dos palabras que flotan y sucumben en mis oídos. Creo que mi respuesta es una leve sonrisa, pues la modorra es sellante de labios, con sabor a océano. Doy una mirada de repaso a mi cuerpo para cerciorarme de que está intacto para saber que la noche oscura no se ha llevado nada y que los duendes y demonios respetan la privacidad del solitario. En esa búsqueda encuentro rasgos de ELLA: labial sobre mi hombro, olor a rosas en mi pantaloneta y dolor de cabeza. El sol me invade y ELLA surge de mi inconsciente con el vestido de flores, el largo sombrero de cintas al viento, el cabello tembloroso recogido en una trenza... su mirada siempre firme.

Me doy cuenta de la húmedad y el mal aspecto de mi cuerpo. ¡Ah, sí! Lo de ayer fue terrible. La luz avanza sobre las olas hasta enceguecerme. En muchas ocasiones he altercado con ella, pero esto... esto ha roto la marca. La angustia que me embarga por la dependecia a ella es comparable a la de un monje sin hábito, cerdo sin fango, cuerpo sin alma.

Algunos bañistas salen de sus guaridas para aprovechar el tierno sol de la mañana. Soy un esclavo de la eternidad, no tengo importancia para ellos. Entonces me he perdido en mi mismo y me extraño al pensar en ELLA. Pues estas mujeres en atrevidos biquinis que exponen al cáncer sus lapidarias pieles no causan en mí el efecto natural e instintivo que en la sobriedad actuaría. Sólo pienso en ELLA y en el calor de su compañía. Anhelo un hambriento tiburón que me trague entero, una bala perdida que rompa la espera. Miro a todos lados y nada es nuevo para mi: a un lado la playa está desierta, al otro, los nudistas comienzan a llegar. Me encuentro en el centro de la nada y es el momento para recordar el canto de las sirenas. ELLA me enseñó las sirenas una tarde de primavera, eran rojas y azules, algunas amarillas, todo el pueblo se abría al titilar de sus pasos. Mas ahora está lejos.

Siento (esa palabra martillada de utilidad y humanidad) que la tristeza avanza, que la culpabilidad me carcome. Mis palabras fueron hirientes, su actitud imponente. ¿Qué futuro hay para nosotros si no cedemos a la comprensión? Error, falta. Es toda una vida el tiempo con ELLA, nunca me ha dejado, el amor nos ha enseñado a soportar. Recuerdo esos abrazos que inspiran protección y los valoro más que a toda la arena debajo de mi. La sinfonía del Mediterráneo distrae mi atención: arrullo de mar, arrullo de sueños. Una sombra de pisadas me arrebata el aliento, observo y allí está ELLA: una mano sobre el sombrero amenazado por el viento y las flores del vestido queriendo volar. Me ve con esos ojos que tanto me conocen, aquí tendido entre piedras y sal, para luego hablarme, resucitarme: "¿Dónde estaba metido? Párese y vámonos." "Ya voy mamá".

De nuevo el calor de sus brazos me acerca a la dicha. Se agacha y me besa en la mejilla. Caminamos con la brisa.


Tres libras de amor

Un joven de mirada lenta y paso melancólico llega a una tienda en el mercado negro de la angustia.

- Me vende tres libras de amor, por favor - dice con voz profunda.

- El amor no se vende - responde el comerciante un tanto asombrado.

- ¿Entonces? Me lo regala.

En ese instante una mujer de mediana edad, baja estatura, rasgos orientales y negro atuendo, cruza el velo de la entrada y observa a los dos hombres creer en algo más.

- Disculpen - susurra tímidamente.

El vendedor voltea y sonríe, el joven hace su parte y agacha la cabeza. En esa infantil posición dice con pausas:

- Yo sólo quería... tres libras de... amor para... para probarlas a la hora de la cena.

- Ya le dije que no tengo amor para darle, ni siquiera lo conozco - dice el hombre detrás de la mesa llena de vasijas y de telas.

- ¿Amor ha dicho? - se atreve la mujer.

El joven levanta su cabeza y la mira con candidez.

- Yo también quiero amor, aun diez libras si fuera posible.

- Yo creo que ustedes dos están locos.

- Amor - dice el joven como una añoranza.

- Amor - dice ella como un lamento.

- Si no van a comprar nada háganme el favor y se retiran.

El destino se los lleva, hacía calor...

- ¿Qué es la vida? - le dice el joven a su nueva amiga mientras salen.

Se lanzan por el polvoriento sendero, él arrastra sus pies, ella lo sigue de cerca.

- ¿La vida? La vida, la vida es... - lleva un dedo a su boca, duda - ¡Ah! Ya sé: La vida es vivir.

- ¿Y cómo se vive? Lo he intentado todo, al menos lo que conozco, pero no estoy seguro si lo que he hecho en estos años... es vivir.

- Quizás - le mira los ojos inclinando la cabeza, como si fueran un espejo, como si él fuera un dios anodino.

- No, quizás no. Si fuera así, si hubiera vivido, ahora lo sabría.

- Aaaahh... ¿Y el amor?

- El amor es lo único que me falta, ya te dije que lo otro, ya lo he tenido.

Hay un poco de rechazo e insatisfacción en su forma de hablar. Ella actúa como una pequeña niña. Pasan junto a una multitud en la ladera de un monte.

- Pues a mi no me consta, si tú lo dices.

- Sí, yo lo digo.

- Me siento vacía - suspira.

- También yo - su vista se pierde.

- Oh ¿Crees que algún día lo encontrarás?

- No sé, según el hombre de la tienda es algo muy complicado, tal vez sea la época, tal vez haya que esperar la cosecha.

- ¡Ah, mira!

- ¿Qué?

Los dos miran una imagen en contraluz: tres hombres crucificados mueren a la vista de muchos. El del centro parece sufrir intensamente.

Pasa una hora de latente revelación divina, continúan ahí, observando, mudos con el olor de la sangre y el frío de los clavos. Al fin, de lágrimas colmado, el joven habla.

- Ahora conozco lo que es el amor, ahora sé por qué no lo encontraba.

Entonces ella piensa en el universo (uni-verso), en la humanidad, en el Dios trascendente de su pueblo. Una sonrisa se asoma en su rostro.